Crear valor compartido. De la competencia a la colaboración

Más de 50 billones de células en el cuerpo humano están compartiendo de media un volumen de poco más de 60 litros, conviviendo de forma equilibrada en un espacio muy limitado. Una clave de éxito claramente basada en la colaboración aportando valor para cumplir con el objetivo del crecimiento y perpetuación de la especie. Sólo en determinadas ocasiones se defienden contra agentes externos que pongan en riesgo su proyecto común; Sobrevivir.

Esta realidad se contrapone con la visión evolucionista de Charles Darwin de la que hemos mamado culturalmente. En El origen de las especies ya habló de una inevitable «lucha por la existencia» y de que la evolución está condicionada por «la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte». Esta teoría evolucionista ha empapado nuestra cultura empresarial hasta tal punto, que nuestro crecimiento parece condicionado a defenderse continuamente de cualquiera que pueda incomodar, incluidos los proveedores y los clientes.

Como contrapartida, recientemente el biólogo y matemático Martin A. Nowak, director del programa de Harvard de Dinámica Evolutiva, utilizando las matemáticas y simulaciones por ordenador, investigó en 2012 cómo se han organizado los seres vivos de forma cooperativa (de las bacterias a los seres humanos) con el objeto de coevolucionar. En dicho estudio, Nowak concluye que «la vida no es solo una lucha por la supervivencia, si no también es un abrazo por la supervivencia».

Actualmente el nuevo escenario mundial nos invita a aplicar estas estrategias colaborativas orientadas a defendernos de ataques externos. Como si de un cuerpo humano se tratara nos protegemos de diferentes amenazas: Pandemia, aumento de las temperaturas, encarecimiento de la energía, amenazas de guerras nucleares o problemas de abastecimiento de materias primas.

En esta vucanizada era antropocéntrica, nuestras actividades humanas están causando cambios naturales masivos a un ritmo sin precedentes. Hasta tal punto es así, que numerosas voces advierten que de seguir así estamos abocados al colapso en las próximas décadas.

¿Qué podemos hacer desde las empresas para responder a estos problemas sociales y ambientales?, ¿Salvar al mundo o salvarse a uno mismo?

Una de las respuestas la encontramos en el concepto de Creación de valor compartido, publicado en la Harvard Business Review en 2011 de la mano denuestro conocidoMichael E. Porter junto con Mark R. Kramer.

Según los autores, las empresas pueden ayudar a la mejora de las comunidades donde habitan. ¿Y por qué no lo hacen? Para conseguir dichos objetivos son varias las dificultades que se encuentran: Por una parte, las propias empresas que están estancadas en un enfoque anticuado de la creación del valor que les impide pensar más allá de sus beneficios a corto y las repercusiones a futuro del entorno y por otra, la falta de apoyo de las administraciones públicas que las ven como causantes de los problemas sociales y ambientales. Esta situación crea una brecha entre empresa y sociedad que lleva a la pérdida de legitimidad y a no poder resolver los problemas que nos amenazan. En definitiva, las empresas pueden optimizar el margen de sus cadenas de valor creando valor compartido más allá de las utilidades que ofrecen (pagar sueldos, generar empleo y pagar impuestos) a la vez que contribuyen a la mejora social. Es el caso, por ejemplo, de la contratación de la energía a comunidades energéticas, compra de insumos a productores locales, ayudar a terceros a optimizar la logística y distribución para reducir emisiones de co2, etc…

En definitiva, la creación de valor compartido pasa por tener en cuenta las necesidades de la empresa y las del entorno donde se ubica, basadas en relaciones colaborativas y de coordinación con los diferentes actores con los que se relaciona. Representa una siguiente fase de los análisis tradicionales de la comprensión del mercado, análisis de la competencia y gestión. Es la evolución del concepto de valor orientado a resolver los problemas que nos amenazan y que ponen en riesgo la viabilidad de las empresas a largo plazo y la del propio planeta. ¿Seremos capaces de imitar el comportamiento de las células para resolver las amenazas que nos avecinan? El tiempo dirá.

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